POR BETHANY KILPATRICK
Editora en jefe
Nota del editor: Un agradecimiento especial a Janet Bell, docente de idiomas en Tarleton, por su labor de traducción durante la redacción de este artículo
La vida… es verdaderamente un hermoso regalo que nos concede un Dios bondadoso. Desde el momento en que nace un bebé hasta el último amanecer que una persona verá, todos, sin importar su raza, origen o género, reciben la misma oportunidad: dejar una huella que perdure mucho más allá de los días que pasen en esta Tierra. No todas las personas reconocen esto, pero Alejandra Franco, sin duda alguna, sí lo hizo.
Alejandra, conocida por muchos como Ale, cursaba su segundo año universitario y formaba parte del equipo de rodeo de la Universidad Estatal de Tarleton, en Stephenville, Texas. Trágicamente, falleció el jueves 24 de septiembre de 2026, dejando a todos aquellos que la amaban profundamente de luto por la pérdida de su hija, hermana, compañera de equipo y amiga.
Es imposible contar la cantidad de personas afectadas por esta tragedia inimaginable, y el dolor que se ha expresado es abrumador. Sin embargo, ese dolor también constituye un poderoso testimonio de la vida que Ale vivió y del legado que dejó.
Ale nació en Guadalajara, Jalisco, pero pasó gran parte de su infancia en Tepatitlán, Jalisco, junto a sus dos hermanos mayores, Rodrigo y Mariano Franco. Su padre, Alejandro Franco, expresó el amor y el orgullo que sentía por ella desde que era muy pequeña.
«Era la más pequeña y la consentida de la familia», dijo Alejandro. «Sus hermanos no sentían celos. Ella era mi vida».
Ale creció hasta lograr cosas con las que algunas personas solo sueñan, pero alguna vez fue simplemente una niña que pasaba el tiempo haciendo manualidades y viendo su película favorita, Barbie y las tres mosqueteras. Disfrutaba de la sencillez y la felicidad de la infancia que su familia le brindó.
«Le encantaba invitar a sus amigas a casa y organizar pijamadas casi todos los fines de semana», dijo Alejandro. «Teníamos la casa llena de amigas. Le damos gracias a Dios porque sus padres confiaban en nosotros y nos permitían cuidar de todas ellas. Esperaban pacientemente a que llegara el fin de semana y, si no era en nuestra casa, entonces era en la de alguna amiga. De hecho, algunos de ellas nos acompañaron al servicio funerario en Stephenville».
No era ningún secreto que el profundo amor de Ale por los caballos, el mundo del rodeo y la escaramuza charra —una disciplina ecuestre tradicional practicada exclusivamente por mujeres— había comenzado desde muy temprana edad.
«Siempre hemos estado involucrados en el rodeo y la charrería, incluso antes de que ella naciera», dijo Alejandro. «Así que estaba acostumbrada a ese ambiente; literalmente, nació entre caballos. Aprendió a montar a caballo antes de aprender a andar en bicicleta. Esa era su pasión: el rodeo y la charrería».
Era bien sabido que Ale amaba el mundo al que ella y su familia pertenecían, y también que no dudaba en tomar las riendas por sí misma cuando lo consideraba necesario.
«En 2016, durante el Concurso Nacional Infantil de Charrería, quiso montar un caballo en un desfile», dijo Alejandro. «Pero tenía que ser un tipo de caballo específico. Un amigo mío tenía un caballo bailador, y ese era el que ella quería. Esos caballos son caros, así que yo no quería pedírselo a mi amigo, pero ella misma se lo pidió y, por supuesto, él aceptó».

Ale se enamoró de Tarleton, pero no comenzó su trayectoria universitaria inmediatamente después de terminar la preparatoria, como hacen muchos estudiantes. En cambio, decidió vivir primero una aventura en otro lugar.
«Después de terminar la preparatoria, se tomó un descanso y se fue a Suiza», dijo Alejandro. «Allí trabajó como au pair, es decir, como una joven de otro país que vive con una familia anfitriona para cuidar de los niños como parte de un programa de intercambio cultural».
«Durante sus ratos libres los fines de semana, viajaba a diferentes lugares de Europa para hacer senderismo. El senderismo era otra de sus pasiones. Hizo nuevas amigas y viajaban todos juntos. También tuvo la oportunidad de montar a caballo allí».
El primo de Ale, Pepe Briseño, conocía a Mark Eakin, entrenador principal del equipo de rodeo de Tarleton, y le sugirió a Ale que hablara con él sobre sus metas universitarias. Ella siguió su consejo y viajó en avión desde Suiza hasta Texas para reunirse con Eakin. Él le ofreció una beca y la animó a solicitar su admisión a la universidad.
«Aunque no lo logró en su primer intento, volvió a presentar su solicitud y fue aceptada», dijo Alejandro. «El día que recibió su carta de aceptación fue uno de los más emocionantes de su vida. Estaba en Suiza y ya estaba lista para regresar a casa y marcharse a Texas».
Ale se preparaba para comenzar su nueva etapa en Tarleton y la inició como lo hacen muchos estudiantes de primer año: asistiendo al Duck Camp, donde vivió una experiencia extraordinaria junto a su “Mamita Pato”, o TTM (Tarleton Transition Mentor, mentora de transición de Tarleton).
«Conoció a Mackenzie, quien fue su mamá pato», dijo Alejandro. «Tengo que decir que fue una bendición que Dios puso en nuestro camino. Mackenzie le causó una impresión tan positiva que Ale decidió convertirse también en TTM».

Durante su preparación para ser mentora de transición, Ale fue asignada a Ava Berger. La oficina del campamento las había emparejado porque sus personalidades eran compatibles. Berger no tardó en darse cuenta de la huella duradera que Ale dejaba en los estudiantes que ambas acompañaban.
«La adoraban», dijo Berger. «Les encantaba lo extrovertida que era. Podía hacer una broma en cualquier situación y, además, era muy fácil hablar con ella. Creo que eso era lo que realmente les gustaba de Ale».
Berger les había dicho a los estudiantes que podían visitarlas en el campus el primer día de clases y que Ale y ella tendrían donas para ellos. Sin embargo, Berger llevó muchas más donas de las que llegaron a recoger los estudiantes. Pero Ale vio aquello como una oportunidad para conocer a más personas.
«Decidimos recorrer el campus y repartir donas durante todo el primer día», dijo Berger. «Ella se acercaba y decía: “Oye, ¿quieres una dona?”. Yo pensaba: “Me estás ganando por mucho en extroversión”. Si veía a alguien mirando hacia abajo, concentrado en su teléfono y con aspecto de estar solo, se acercaba a esa persona».
Sin embargo, el amor de Ale por los demás era una parte de su personalidad que la gente había notado desde que era muy pequeña.
«Les daba dinero a las personas necesitadas que lo pedían en los semáforos», dijo Alejandro. «No soportaba ver a un niño o a una mujer pidiendo dinero; siempre les daba algo. Su mayor virtud era el amor que sentía por los demás».
Los estudiantes que Berger y Ale acompañaban durante el Duck Camp no eran los únicos que reconocían la alegría y el amor que Ale tenía para ofrecer.
Brittany Stewart es entrenadora asistente del equipo de rodeo de Tarleton y enseguida percibió la luz que irradiaba su atleta.
«Ale siempre tenía una sonrisa en el rostro», dijo Stewart. «No importaba si alguien estaba teniendo un mal día; si Ale estaba cerca, tenía ese talento único para cambiar las cosas y hacer que el día fuera mejor, lo hiciera intencionalmente o no. Simplemente, esa era la energía que transmitía».
Lindsey Estes, integrante del equipo de rodeo de Tarleton, sigue admirando a Ale y las cualidades que la hacían única.
«Su sonrisa iluminaba todos los lugares a los que iba, y dejó una huella enorme en el equipo», dijo Estes. «Les enseñó a todos cómo competir y cómo divertirse, pero haciéndolo de una manera que glorificara al Señor».
Aunque esta pérdida tan repentina y trágica ha afectado profundamente a tantas personas, el impacto y la alegría que Ale compartió son motivos para celebrar su vida. Quienes forman parte de Tarleton, de la comunidad del rodeo y todas las personas que recibieron aunque fuera una pequeña muestra de su bondad jamás la olvidarán.
Alejandro desea expresar su agradecimiento a todas las personas que amaron a Ale y que le han brindado su apoyo a él y a su familia.
«Ella amaba su universidad», dijo Alejandro. «Era la estudiante más feliz y orgullosa de pertenecer a Tarleton y al equipo de rodeo. Ahora entiendo por qué: nos han demostrado a toda nuestra familia un nivel de respeto, amor, solidaridad y calidez humana que jamás imaginé. Es impresionante, y les estaré eternamente agradecido por ello».

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